No sé si las madres de mi generación estamos preparadas para criar adolescentes en el mundo actual.

A veces siento que intentamos educar con herramientas que pertenecen a otra época, mientras nuestros hijos crecen en una realidad marcada por la tecnología, las redes sociales y cambios sociales que avanzan más rápido de lo que somos capaces de comprender. Como madre de una adolescente de 16 años, confieso que vivo con miedos que antes no imaginaba.

Me preocupa que algo pueda sucederle. Me inquieta la inseguridad que vivimos diariamente en Ecuador y, particularmente, en Guayaquil. Me preocupan los riesgos que pueden encontrarse no solo en la calle, sino también dentro de entornos que consideramos seguros. Me preocupa la influencia de las amistades, la presión de grupo, la posibilidad de que los adolescentes se involucren en dinámicas de violencia, pandillas o consumo de sustancias. Me preocupa, sobre todo, no estar viendo algo importante.

Creo que muchas madres y padres de la Generación X compartimos una sensación parecida: estamos aprendiendo sobre la marcha. Nuestros propios padres no tuvieron que enfrentar los desafíos que hoy representan internet, las redes sociales, la inteligencia artificial o la hiperconectividad. No existen manuales que nos indiquen cómo acompañar emocionalmente a un adolescente en esta nueva realidad.

Y entonces aparece una pregunta constante: ¿lo estaré haciendo bien?

Reconozco con humildad que cometí errores con mis hijos mayores. Algunas decisiones fueron acertadas; otras, probablemente no. Como tantas madres, he tenido que aprender mientras avanzaba, intentando equilibrar las exigencias laborales, económicas, emocionales y familiares. Sin embargo, la maternidad tiene una particularidad: siempre deja espacio para la duda. Nunca estamos completamente seguras de haber hecho lo correcto.

Con mi hija menor me descubro oscilando entre dos extremos. Por un lado, quiero protegerla de todo aquello que pueda hacerle daño. Por otro, entiendo que necesita construir su autonomía, equivocarse, aprender y descubrir quién quiere ser. A veces me pregunto si mi sobreprotección puede convertirse en una limitación para ella. Otras veces pienso que quizás estoy siendo demasiado permisiva. La verdad es que muchas madres vivimos atrapadas entre esos dos temores.

También reconozco mis propias limitaciones; el contacto físico nunca ha sido algo que me resulte sencillo. Sin embargo, el amor también se manifiesta de otras formas: en la preocupación constante, en las conversaciones, en el esfuerzo diario por garantizar oportunidades y en esa vigilancia silenciosa que acompaña incluso cuando los hijos creen que no estamos mirando.

Maternar en solitario añade una complejidad adicional. No solo implica asumir la mayor parte de las responsabilidades económicas, emocionales y educativas. También significa convivir con los cuestionamientos, los reproches y las heridas que inevitablemente aparecen dentro de cualquier historia familiar. A veces los hijos, consciente o inconscientemente, responsabilizan a la madre por decisiones, ausencias o situaciones que estuvieron fuera de su control. Y eso duele.

Además, la corresponsabilidad parental muchas veces se reduce a una pensión económica insuficiente, como si criar pudiera medirse únicamente en términos monetarios. La presencia emocional, la orientación cotidiana y el acompañamiento en los momentos difíciles no pueden ser reemplazados por una transferencia bancaria.

En mi caso, mi pareja actual ha intentado convertirse en una figura de apoyo y referencia para mi hija. Sin embargo, como ocurre en muchas familias, tampoco resulta fácil comprender plenamente las emociones adolescentes y los acelerados cambios generacionales.

A pesar de todo, sigo aprendiendo. Sigo equivocándome. Sigo corrigiendo el rumbo cuando es necesario.

Y quizás esa sea una de las mayores verdades de la maternidad: no consiste en hacerlo perfecto, sino en permanecer presentes. Escuchar. Rectificar. Pedir perdón cuando corresponde. Continuar amando incluso en medio del cansancio, la incertidumbre y el miedo.

Mi hija es, probablemente, mi mayor fuente de preocupación. Pero también es mi mayor motivación para seguir creciendo, aprendiendo y convirtiéndome cada día en una mejor versión de mí misma.

Porque, al final, maternar sola no significa hacerlo sin amor. Significa amar con tanta intensidad que, incluso cuando aparecen las dudas, seguimos levantándonos cada mañana para intentarlo una vez más.

¿Cuántas madres y padres se sienten hoy atravesados por estos mismos miedos y preguntas? Quizás reconocer nuestras incertidumbres sea el primer paso para construir formas más conscientes y acompañadas de ejercer la crianza. 💜Cuando ser madre también significa abrazar a la niña que fui.🌷✨
https://youtu.be/a8eDeLKWx74?si=q9sH2XR5dhUT3Jxx

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